«Una prótesis defectuosa o un usuario muy humano»

«Una prótesis defectuosa o un usuario muy humano»

«Una prótesis defectuosa o un usuario muy humano»

Valerié Sofía Ferrusca Rodríguez

Era 1829 cuando Jacob Bigelow definió la tecnología como “[...] principios, procesos y nomenclaturas de las artes más conspicuas, particularmente aquellas que involucran aplicaciones de la ciencia, y que pueden ser consideradas útiles, promoviendo el beneficio de la sociedad” (Bigelow, 1829). Con esta descripción, es sencillo afirmar que la tecnología tiene el único propósito de beneficiarnos, lo que nos dice que si nos perjudica no es tecnología. O puede ser que nosotros somos quienes fallamos si la tecnología nos perjudica. En el siguiente ensayo, se desarrolla lo planteado.

En general, la tecnología es una herramienta que ha servido de apoyo para desarrollarnos como seres humanos, ha sido un bastón, una prótesis que respalda nuestras necesidades e incluso reemplaza ciertos elementos de nuestra vida cotidiana. Estos artefactos para algunos pueden ser una bendición, como es el caso de Judith Newman, que en su libro “A Siri[1] con amor” cuenta su experiencia junto con su hijo autista, que ha encontrado a una compañera con la cual hablar por horas; “muchos de nosotros queríamos un amigo imaginario y ahora lo tenemos, sólo que éste no es del todo imaginario [...] En un mundo donde la sabiduría común es que la tecnología nos aísla, vale la pena considerar el otro lado de la historia” (Newman, 2016).

La tecnología, los nuevos medios de comunicación, las redes sociales, se muestran como elementos que nos han acercado a quienes tenemos más lejos, pero al mismo tiempo, nos han alejado de quienes tenemos más cerca. Es indudable que la tecnología es algo veloz y cambiante que no se detiene por nada del mundo y, por supuesto, afecta a nuestras vidas y la forma de relacionarnos. Sería certero afirmar que este impacto es a gran escala y son casi nulas las personas que no son influenciadas por estas nuevas tecnologías.

Mientras Newman ha encontrado una herramienta que le ayuda en la crianza de sus hijos y le proporciona una nueva perspectiva, por otro lado, Zygmunt Bauman, en “Amor líquido” opina que: “Algunos sociólogos [...] se apresuran a concluir que sus contemporáneos están dispuestos a la amistad, a establecer vínculos, a la unión, a la comunidad. De hecho, sin embargo [...] la atención humana tiende a concentrarse actualmente en la satisfacción que se espera de las relaciones, precisamente porque no han resultado plena y verdaderamente satisfactorias; y si son satisfactorias, el precio de la satisfacción que producen suele considerarse excesivo e inaceptable”. (Bauman, 2003). Se puede decir que Bauman nos describe como seres hedonistas, alimentados por la facilidad y la simplicidad de estas herramientas que se han convertido más en un compañero o una parte vital e indispensable de nuestras vidas.

En los trabajos de Zygmunt Bauman encontramos analogías y afirmaciones de un nuevo mundo líquido (arte líquido, amor líquido, modernidad líquida, tiempos líquidos, etc.) que nos abren paso para criticar esta nueva forma de relacionarnos. A pesar de que esto facilita y agiliza los vínculos, también nos convierte en entes flojos, temerosos y aislados que no tienen un concepto fijo sobre lo que es relacionarse de manera natural. A través de esta perspectiva de humanos desechables, puede ser motivo de preocupación el darnos cuenta de la dependencia a las tecnologías, la falta de determinación para vincularnos como individuos y lo fácil que puede resultar eliminar tanto una identidad como una relación interpersonal.

Desde el punto de vista de Zygmunt Bauman: las tecnologías han tomado el trabajo de diluir las relaciones humanas, restándoles importancia y limitándolas en la satisfacción. En efecto, reduciéndolas a lo instantáneo y lo veloz. Con estas relaciones tan delicadas y volátiles, uno se consuela con la cantidad y la velocidad que les puede proporcionar. Se critica, entonces, que la tecnología más que ayudarnos a concretar relaciones certeras y firmes, nos conformamos con lo sencillo, que es tanto crearlas como destruirlas con un simple botón.

Entonces, el afirmar si la tecnología nos beneficia o nos perjudica dependerá de las situaciones y eventos vividos. Hemos aclarado que el objetivo de la tecnología es facilitarnos la vida, lo cual es un reflejo esencial del ser humano; por ejemplo, las leyes de Gestalt explican cómo nuestra percepción simplifica la forma en la que procesamos el mundo a nuestro alrededor (Martín González, 2006). Ahora el problema estriba entre si crearnos vidas tan sencillas es precisamente lo que las está complicando más, logrando que perdamos nuestra humanidad.

De manera paralela, Zygmunt Bauman enfatiza cómo estos nuevos humanos diluidos hasta lo líquido cosifican y son cosificados, con un apoyo latente y procurado en la era globalizada y tecnológica. A pesar de recitar el discurso de igualdad, estas personas no logran tratar a otros como semejantes, sino como objetos que pueden ser acercados y alejados a cada momento, usándolos cuanto gusten y con una forma de pensar individualista e incluso egoísta (Bauman, 2003).

Esta forma de convivir se ha vuelto inadecuada, nos está aislando y diluyendo hasta el punto de convertirnos en máquinas que ya no saben reconocer los sentimientos. Tenemos tres posturas: la afirmación de que la tecnología sigue siendo un instrumento que nos acerca y afirma nuestra humanidad; en segundo lugar, que la tecnología nos ha diluido hasta el punto en que ya no podemos identificarnos como animales pensantes sino como máquinas y, finalmente, que la única salvación que podemos tener como humanos es convertirnos en máquinas (Newman, 2016). (Bauman, 2003).

¿Debemos entonces culpar a las máquinas por generar dependencia o culparnos a nosotros mismos por no ser máquinas y ser falibles? Aunque nosotros fuimos quienes hemos desarrollado la tecnología, ésta también tiene el objetivo de desarrollarnos. Si ahora concordamos en que las máquinas pueden llevarnos a algún extremo indeseable, como la total dependencia, y nuestra alternativa parece entonces, liberarnos de ellas en su totalidad, por qué no retomar lo que Aristóteles enseña en su justo medio: “El rasgo distintivo del hombre prudente es el ser capaz de deliberar y de juzgar de una manera conveniente sobre las cosas.” Sería, pues, útil darnos cuenta que la culpa no radica en las máquinas ni en quien las crea, sino, en quien las utiliza y fracasa en su prudencia.

Cuando se ideó y creó la tecnología, hubo negligencia en considerar qué tan poco control se puede tener al momento de usarla en condiciones inadecuadas. El público a quien está dirigida no es consciente de su uso, de las consecuencias que puede tener comportarse de cierta manera e incluso se puede decir que no conocen la forma correcta de utilizarla ni el objetivo esencial que busca cumplir. No se puede saber con seguridad total si la falta de instrucciones y mediciones simples o si la falta de prudencia y consciencia o iniciativa de investigación y aprendizaje son las culpables para encontrarse en esta situación, pero asumiendo que todos contamos con la misma racionalidad que nos permite distinguir límites y controlar los daños o beneficios que vamos a encontrar, entonces es claro que la falta de prudencia es lo que nos lleva a este escenario caótico donde las tecnologías nos perjudican.

Si se logra mantener a la tecnología como un objeto de ayuda que no se convierte en una compañía o una necesidad, las tecnologías cumplen entonces su propósito esencial de brindarnos comodidades. La falta de entendimiento sobre el verdadero propósito de la tecnología nos ha deshumanizado; no obstante, depende de nosotros únicamente decidir el grado de sustitución existencial que depositamos en estos medios modernos. No podemos esperar que se detenga el avance tecnológico, ni podemos quedarnos estancados en una sola forma de vivir ni de relacionarnos, pero valdría la pena salvar lo que nos hace humanos y nos diferencia de estos nuevos artefactos, manteniendo tal equilibrio del cual hablamos.

En conclusión, uno tiene que cuidar su integridad al ser consciente sobre la forma de utilizar y tratar a las nuevas tecnologías. No podemos olvidar que la tecnología no nos hace humanos ni dependemos en ella para vivir, aunque nos pueden brindar bienestar, comodidad, entretenimiento, entre otras cosas, también nos pueden privar de experiencias vitales si abusamos de su uso y sobrestimamos nuestra necesidad de ésta. Es esencial reconectarse con el vacío que existe al desvincularnos de estos artefactos, reconciliarse con la frustración y el identificarse con uno mismo y otros seres humanos. Evitar caer en la dilución electrónica y recordar que el desarrollo tiene distintos caminos, con distintos métodos y herramientas. Es motivo de reflexión el preguntarse si el abuso y los problemas que han emergido a partir de la tecnología son culpa de ellas mismas o del usuario que no logra manejarlas de manera adecuada.

En conclusión, la tecnología no nos beneficia ni nos perjudica por sí misma, sino, que es el consumidor quien decide si le va a damnificar o a enriquecer y qué tanto va a ser la medida de esto. La falla no se encuentra en estas innovaciones, sino en nosotros mismos, que de manera imprudente abusamos de los avances, llegamos a los extremos desmedidos. No es entonces eliminar la tecnología como la causa de todos nuestros males ni idealizarla como la salvación de esta existencia. Es aceptar que, los humanos, somos seres imperfectos que cometemos errores y en este caso, estamos usando la tecnología como herramienta para perjudicarnos, pero está en nuestras mismas manos usarla para ayudarnos.

 

[1]Siri es una inteligencia artificial que funciona como una asistente virtual comandada por voz disponible en todos los dispositivos de la marca Apple.

 

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