De la representación al flujo de conciencia

De la representación al flujo de conciencia

Cecilia Amaro

Semblanza:

Cecilia Amaro: licenciada en Filosofía (Claustro de Sor Juana) y maestra en Apreciación y Creación Literaria (Casa Lamm). Cuenta con estudios en edición de textos, literatura alemana, psicoanálisis y traducción. En 2012 fue nombrada Líder Universitario del Claustro por la revista Líderes mexicanos. Ha publicado cuento y ensayo en las revistas: Monolito, Nocturnario, Zona de Ocio y en el blog Filopalabra. Ha trabajado como editora, profesora a nivel medio superior y superior, correctora de estilo, evaluadora de programas de filosofía y conductora del programa de radio Freaksofía en Radio Ciudadana 660 AM. Actualmente, dirige la revista y el canal de YouTube Filosofía de Clóset, imparte cursos, talleres y seminarios de filosofía, literatura y creación literaria.

 

Concuerdo con Schopenhauer cuando declara que el s. xix “es un siglo filosófico”. En efecto, estamos ante un siglo en el que bulleron las ideas una tras otra. En este periodo, la literatura tuvo a los románticos, a los realistas y a los naturalistas. Mientras el romanticismo hacía gala de los estados emocionales del individuo, el realismo situó al individuo en el salvajismo de la sociedad, y el naturalismo partió del determinismo genético del individuo para crear sus obras. Es importante recalcar estas diferencias, por un lado, porque el centro de la discusión fue el individuo frente a sí mismo y a la sociedad; por el otro, porque se agregó el interés por comprender y estudiar la mente.

Uno de los autores del realismo que más me impacta por la construcción de sus personajes tan profunda es Fiodor Dostoievski quien en sus novelas criticó la hipocresía y la doble moral de la sociedad rusa desde el estrato social más bajo, más miserable, lo cual le permitió profundizar en los escombros de la conciencia, en lo más turbio del ser. Dos claros ejemplos de este juego entre la crítica y el adentrarse en los procesos mentales son El doble y Memorias del subsuelo.

En Memorias del subsuelo, Dostoievski altera la estructura de una novela clásica. La obra se divide en dos partes, la primera se caracteriza por el tono ensayístico y la segunda por la narrativa. Dostoievski pretende que conozcamos de primera mano al autor de las memorias: sus juicios de sí mismo, de sus experiencias y de la sociedad rusa; por eso, el narrador en primera persona usa el diario para confesarse. Estos recursos permiten explorar la mente del personaje con sus digresiones, contradicciones, mentiras y confusiones. Cuando se va más allá de la anécdota, se detectará que lo que está logrando Dostoievski es identificar la inestabilidad de la mente. Cuando uno se juzga, tan sólo está viendo un aspecto de sí mismo y, de igual manera, de la sociedad. La mirada del humano está reducida; tan sólo nota lo que quiere ver, es a partir de este punto de vista que critica su lugar en la sociedad, la jerarquización y la vulnerabilidad en la que se sumerge: de lo único que puede hablar el hombre es de sí mismo. “¿De qué puede hablar un hombre honrado con más placer? Respuesta: de sí mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!”, dice el hombre del subsuelo. En todo momento nos revelamos, y el placer de crear ficciones recae, justamente, en una confesión de nosotros mismos. Por eso, Dostoievski no se limita a crear una historia lineal de un andrajoso insignificante de Petersburgo, sino que muestra cómo el pendular entre las lagunas y las contradicciones nos dan identidad y criterio. Este es el momento especial de la obra del magnífico escritor ruso: resaltar una intención para recorrer los pasajes de la memoria, la reconstrucción del yo a partir del influjo de la mente; es decir, prestar atención en las imágenes que saltan en la psique y traducirlas en palabras. El fundamento es recordar para juzgar y juzgar para recordar. Es en este andar donde la psique se nubla y la frontera entre la ficción y lo real se difumina. La cordura y la locura se unen. Esos son los pilares que atraviesan la obra de Dostoievski.

Estos temas centrales tienen su antecedente en El doble, novela corta que narra la historia de un burócrata que se enfrenta a su otro yo completamente opuesto. Como lo delata el título, el protagonista se encuentra con su doble. Lo interesante de esta novela es cómo lo onírico toma tanta relevancia que es difícil salirse de su influjo, las contradicciones devienen señales del estado mental de Goliadkin y los juicios se convierten en el mecanismo para adentrarse en los pensamientos del protagonista. La narración no es sólo mostrar la historia de un burócrata loco, sino sumergirse en la mente insana y cómo esta es capaz de construir una realidad paradójica. Desde mi lectura, Dostoievski abre la puerta de la conclusión a la que llegaron grandiosos escritores como Proust, Woolf, Joyce y Faulkner: la conciencia tiene su base en la memoria, que muy fácilmente puede confundirse con la ficción. La mente tiene su propio movimiento y tiempo, y es en esta fugacidad en la que uno encuentra su narración, su identidad, su yo, su individualidad, su representación del mundo. ¿Qué pasaría si lográramos escuchar la fugacidad? Encontraríamos la búsqueda incesante de un tiempo perdido, el tiempo puro de la conciencia.  

Como decía, el Romanticismo, movimiento que responde y critica la época anterior, desarrolló las bases para indagar sobre los límites de la realidad y la imaginación. No sólo cuestiona el proceder de la razón, sino también de cómo diferenciar el sueño de la vigilia, incluso, cómo nombrar aquellas fantasías que nos aparecen en la conciencia. Me resulta llamativo el interés que tenían por lo sobrenatural, el mar de emociones, la ilusión de libertad, la naturaleza como símbolo de los estados del alma y el anhelo de la muerte como sinónimo de reposo. De ahí, que los escenarios y temas para el romanticismo fueron el bosque, los castillos, las ruinas, la noche, la enfermedad, el amor no correspondido, el vampirismo y el suicidio. A mi juicio, los románticos son los padrinos del estudio de los silencios, deslices y transfiguraciones de la psique. Y algo que les aplaudo es la conclusión a la que llegaron: no somos racionalidad pura, pues hay algo en nosotros que nos acerca con lo diabólico. Esto último nos lleva a preguntarnos sobre el deseo y la voluntad. Y es aquí donde sale mi gran rey de la voluntad (y la representación): Arthur Schopenhauer.

Para Schopenhauer el mundo tiene dos caras, la Voluntad y la representación. Diremos, de manera escueta, que esta última es la imagen mental del mundo, mientras que la primera es un impulso o energía ciega. En su gran obra, El mundo como voluntad y representación, comienza por analizar la representación, pues considera que es a partir de ella como se intuye el otro lado del mundo: la Voluntad. Además, el ser humano es el único capaz de dar cuenta de esa energía, Schopenhauer concluye que es en este, el hombre, donde la Voluntad se objetiva de manera perfecta y a su vez dicho impulso deviene como voluntad de vivir.

La sentencia “El mundo es mi representación” significa que la representación es la certeza inmediata del mundo, por ende el mundo tiene una cara externa; es decir, la existencia de la materia se relaciona con la percepción mental. En conclusión, el sujeto y el objeto coexisten, se delimitan. Para Schopenhauer la representación se divide en intuitiva y en abstracta. La primera refiere a todas las representaciones que se intuyen inmediatamente a través del tiempo (sucesión de momentos) y del espacio (partes que se determinan recíprocamente); la segunda, la representación abstracta, es el concepto, es decir, el lenguaje, la razón. En resumen, lo que quiso decir Schopenhauer es muy sencillo: la materia existe por la percepción mental, el objeto existe porque hay un sujeto que lo interpreta. A su vez este sujeto se convierte en objeto, pues él, al igual que el resto de las cosas, tiene un cuerpo que se mueve en el tiempo y el espacio. Para Schopenhauer el cuerpo será el primer objeto de intuición. El sujeto primero intuye y luego conceptualiza su cuerpo. Con lo anterior, se abre una nueva discusión en el campo de la filosofía: la relación entre la imagen mental y la materia.

La propuesta de Schopenhauer con un limpio estilo argumentativo abrió la discusión tanto en el campo de la psicología como en el de la literatura y filosofía sobre el proceder de los fenómenos psíquicos. Este suceso importante llegó hasta el filósofo francés Bergson, quien dedicó gran parte de su vida en esclarecer la relación entre la materia, el tiempo y la memoria. Tanto Schopenhauer como Bergson tendrán el mismo interés: definir cómo la imagen mental, la representación o la conciencia, forma una imagen del mundo. Esta inquietud que ambos se formularon de diferente manera los llevó a analizar la relación que tienen: el tiempo y el espacio, el cuerpo y las percepciones, el tiempo presente y la memoria, la ilusión y los fenómenos psíquicos como el sueño, la locura y la risa; por último, la creación artística y la intuición. 

La definición de tiempo que da Schopenhauer: instante que aniquila al momento que le precede, es decir, fugaz, sin permanencia ni coexistencia, corresponde a lo que más adelante Bergson nombrará como tiempo puro de la conciencia. La relación que encuentra Schopenhauer entre la simultaneidad de varios estados, la realidad efectiva y la duración, es lo que Bergson desarrollará en el Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. La respuesta de Schopenhauer sobre la libertad, ¿se puede demostrar la libertad de la voluntad humana por la autoconciencia?, que basó en lo conceptos de Voluntad y representación, es la conclusión a la que llegará Bergson en el Ensayo sobre la libertad de la conciencia. La conciencia pura de Bergson no pertenece a las reglas del espacio y el tiempo, como la Voluntad de Schopenhauer; sin embargo, podemos dar cuenta de ello porque tenemos cuerpo y somos sujetos que coexisten con la materialidad. Es a través de la carne, de nuestras percepciones que damos cuenta de un estado previo, intuimos lo inaprehensible del mundo material a través del lenguaje, la capacidad de imaginarnos nuestra muerte, la inestabilidad de nuestros recuerdos, las fracturas de nuestra memoria y la imposibilidad de encapsular el presente. La filosofía de Schopenhauer y de Bergson se resumen con las palabras de Sófocles: “Veo que, mientras vivimos, no somos otra cosa que espectros y una sombra fugaz”. Estos espectros y sombra fugaz de la que dieron cuenta estos filósofos, permitieron a los escritores innovadores del siglo xx adentrarse en la mente y tratar de imitarla con el artificio de la literatura. En esta ocasión sólo me centraré en uno de ellos: Marcel Proust.  Se sabe que Proust basó su obra literaria en la filosofía de Bergson, pues es justo con este filósofo que el literato encuentra el gran problema de la memoria, el fluir de la conciencia frente a la palabra escrita.

En los siete tomos de En busca del tiempo perdido, Proust inaugura una nueva forma de hacer literatura: imitar el flujo de la conciencia pura. Desde las primeras páginas del tomo uno, “Por el camino de Swan”, el narrador tiene un objetivo: recordar la vida que tuvo en Combray. A partir de este momento, se nos presentan los dos grandes conceptos por los cuales se construye la obra de Proust: el tiempo y la memoria. El primero como un péndulo que oscila entre el presente y el pasado; el segundo, como un producto del tiempo.

San Agustín, en Confesiones, señaló que, por un lado, el tiempo se presenta de tres maneras: pasado-presente, presente-presente y futuro-presente; es decir, todo lo que se evoca tiene presencia como si en ese mismo instante se (re)viviera: el pasado al ser evocado se convierte en presente; el futuro al imaginarse, de nueva cuenta, en presente; finalmente, el presente del presente implica el estar aquí en el mundo. Por el otro, la memoria, para este Santo, es un alcázar donde nuestras experiencias e imágenes están ordenadas. Las percepciones son las puertas por las cuales las sensaciones y la relación con los objetos se filtran y logran, como en cajoneras y pasillos, acomodarse en el gran museo de la memoria. Recordar a San Agustín, mientras hablo de Proust, me sirve para señalar lo que afirmó Bergson: el gran problema que está detrás de todo sistema filosófico es el tiempo, y también me sirve para validar que el ser humano tiene una gran necesidad de entender los procesos psíquicos y los pone a prueba a través de la escritura.

Regresemos al primer tomo de En busca del tiempo perdido. Se suele reducir el fundamento de la obra de Proust a la anécdota de una miserable magdalena. Sin embargo, Proust va más allá y es que en este primer tomo nos recuerda que el narrador tiene un propósito claro: encontrar la relación entre el tiempo, la memoria y el cuerpo. Proust parte del cuerpo para “reconstruir y dar nombre a la morada que le abrigaba”, desde ese momento, la memoria ofrece una serie de imágenes que aluden a cada una de las habitaciones que componen la casa y las paredes que se erigen entre las tinieblas. La memoria se desata hasta que renacen los recuerdos: “la llama de la lamparilla de cristal de Bohemia, la chimenea de mármol de Siena”, y, en ese instante, se presentan como actuales, pero, paradójicamente, sin revivirlos; es decir, tan solo son meras imágenes que se aparecen una tras otra. Esto es muy importante, pues a Proust lo que le interesa es rememorar su época en Combray. A lo largo del capítulo, el narrador busca incesantemente imágenes que lo lleven a revivir ese periodo de su vida, esos momentos que creía nunca olvidaría y permanecerían intactos en su memoria. Es aquí donde aquella famosa magdalena tiene relevancia.

Marcel Proust considera que un recuerdo sólo se vuelve vívido cuando el azar nos pone frente a ese objeto que detonará la reminiscencia. En su caso, fue la fusión de sabores de la magdalena con el té: “Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray”. Las experiencias se registran en el cuerpo, se almacenan en la memoria y son evocados cuando el objeto del presente se empalma con el objeto del pasado. El pasado, que ahora es presente, aísla al sujeto de su aquí y ahora, pues el cuerpo y la memoria se trasladan a la remembranza. 

Tal vez resulta poco plausible lo que realiza Proust: pasado y presente logran fusionarse a través de un objeto detonador. Sin embargo, el escritor francés no se aferra únicamente a recordar el pasado, sino que pone a prueba sus recuerdos con el presente. En el séptimo tomo, “El tiempo recobrado”, Marcel se rencuentra con personajes, caminos y paisajes que aludió en los tomos anteriores. Es justamente en esta última parte donde Proust cuestiona el tiempo, la memoria y la representación de los recuerdos: “Mi imaginación y mi sensibilidad se habían debilitado, cuando vi la poca curiosidad que me inspiraba Combray ¡Qué pena comprobar lo poco que revivía mis años de otro tiempo!”. Al igual que Dostoievski, Proust concluye que la memoria tiene como frontera la ficción: lo que recordamos no es exactamente lo que sucedió. Por eso, no es de extrañar que para Proust la literatura tenga más realidad que la realidad misma. 

Ahora bien, lo que pretende Proust a lo largo de su obra es registrar, a través de la escritura, el movimiento de la conciencia; es decir, una vez que se encuentra el objeto detonador del recuerdo, se tiene la capacidad de evocar otra serie de sensaciones, que están fuera del tiempo-secuencia y el espacio del presente. De esta manera, Proust logra apropiarse del tiempo puro que transcurre en la mente, transcribirlo en la narración y confesar que la memoria y la conciencia viven a través de instantes perceptibles en el presente, pero que son arrebatados por el pasado. En términos de Bergson, hay un tiempo puro que el lenguaje y la realidad son incapaces de dar cuenta. El tiempo que percibimos y al que le damos coherencia es diferente al que transcurre en la conciencia pura. El tiempo que conocemos se mueve en el espacio y en secuencias; por el contrario, el tiempo de la conciencia es un gran flujo. En busca del tiempo perdido es el primer intento literario de imitar la voz de la conciencia que fluye como las olas, como un instante que se intuye, pero resulta imposible de capturar.

Es a través de estos autores que se descubre el abismo en el que el humano cae, en la deuda que tenemos por conocernos a nosotros mismo y de reconocernos como animales complejos sometidos al yugo del tiempo. Pero también se descubre que el humano crea a través de la palabra para dar cuenta de los problemas más profundos del ser. Tal vez, nos hemos dejado engañar por la supuesta expulsión de los poetas por parte de Platón y es tanto en la literatura como en la filosofía donde debemos adentrarnos para sobrellevar la ebullición de intuiciones. Con lo anterior, me resulta inevitable concluir de la mano de los autores aludidos que, por un lado, somos narraciones, metáfora, ficciones. Y si me quiero ver más radical: una hermosa vil mentira. Por el otro, que la literatura está más cerca de la verdad, que la filosofía, o como sostiene Pereira: “la filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad”. La literatura es otro arte de hacer filosofía.

 

Bibliografía

Bergson, Henri, Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, segunda edición, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2006.

Bergson, Henri, Materia y memoria. Ensayo sobre la relación del cuerpo con el espíritu, Cactus, Buenos Aires, 2010.

Dostoyevski, Fiodor, El doble, tercera edición, Alianza editorial, Madrid, 2017.

Dostoyevski, Fiodor, Memorias del subsuelo, Sexto piso, México, 2013.

Proust, Marcel, En busca del tiempo perdido 1. Por el camino de Swann, cuarta edición, Alianza editorial, 2015. 

Proust, Marcel, En busca del tiempo perdido 7. El tiempo recobrado, tercera edición, Alianza editorial, 2017

Schopenhauer, Arthur, El mundo como voluntad y representación I, Alianza editorial, Madrid, 2010. 

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