Sobre el Romancero ciudadano de Antonio Alonso Catalán

Antonio Alonso Catalán (Ciudad de México, 1998) es un poeta joven, muy joven. Erróneamente se piensa que la poesía, cuando se acompaña de juventud, debe estar por fuerza ligada al versolibrismo, al neosurrealismo u otros chirriantes “ismos” dudosamente transgresores que se me escapan.

Por fortuna, Antonio ha sorteado este dogma creativo posmoderno con las “ocho sílabas para la CDMX” de su romancero, acaso atendiendo al nunca bien ponderado consejo del último Borges: el verso libre es el más difícil de todos, y a pesar de ello cada camada lírica se empeña en comenzar por lo más complicado, para descubrir décadas más tarde que una buena dosis temprana de octosílabos, endecasílabos, sonetos, liras o silvas no le hubiera hecho daño.

Menciono lo anterior porque conozco la fiebre que el verso libre despierta y el rechazo casi maquinal hacia los metros escondidos del “pasado obsoleto”. A mi entender, un poeta que desconoce la naturaleza profunda de los versos tradicionales de nuestra lengua –y de las lenguas romances en general– no sólo está condenado a privarse de un legado cultural insuperable, sino que, acaso, termine por redactar prosa cortada.

Debido a lo anterior, celebro el camino retomado por Antonio, que no es otro que el que un día transitó García Lorca: primero la solidez métrica del Romancero gitano, después la majestuosa experimentación de Poeta en Nueva York. Es evidente que al andar se hace camino, pero no quisiera que los jóvenes estudiantes, varios de ellos potenciales poetas, cayesen en una de las falacias poéticas presentes: desdeñar la tradición y el pasado literario “porque sí”, porque son “difíciles”, “aburridos”. Pareciera una perogrullada, aunque, por increíble que parezca, lo hemos olvidado: hubo un Manrique, un Garcilaso, un Góngora, un Bécquer, un Lorca, antes que nosotros. Si nos decimos poetas, al menos se espera de nosotros ser capaces de conocer a cabalidad a los grandes vates del pasado, no por fetichismo, sino por cultura necesaria.

Ahora bien, que nadie se engañe, no: se puede ser experimental, innovador, original –todos esos calificativos legados en buena o mala hora por el Romanticismo– desde el poema más convencional. Lorca y Antonio son prueba de ello. El genial andaluz combinó los temas y timbres populares del orbe gitano con las metáforas enrarecidas de la vanguardia; Antonio, por su parte, exprime con destreza el fruto auditivo del romance castellano de toda la vida para intrincarlo con imágenes eminentemente actuales, defeñas o cedemequiseñas: los peseros asesinos, los celulantes suicidas, los guaruras nauseabundos, los conductores temerarios, la polución obscena y, por supuesto, los chivos expiatorios de nuestros mitos fundacionales. Quien lea el libro lo comprobará: no sólo el armónico tableteo del octosílabo lo acompasa, sino que sus tramas e imágenes no dejarían su aguda impronta sin la forma del romance.

A pesar del tono machacón y burlesco del prólogo –y del libro en general–, detrás de la advertencia que dicta “no es esto un grito de guerra”, como nuestro entrañable Himno, y a la zaga del propósito de hacer brotar “una risa del suelo de nuestra nación”, he hallado el trágico signo de la muerte. En efecto, a lo largo y ancho de los poemas, subyace una muerte soterrada por la comedia y el jugueteo ingenioso, pero la amenaza latente pervive: Antonio dibuja la Ciudad de México como un edén subvertido y maléfico que otrora fue “la región más transparente del aire”. Al igual que en la cosmovisión lorquiana, detrás de las imágenes inusitadas y del discurrir melodioso aguarda la muerte, emperatriz ubicua de una realidad que no termina de estar segura de su existencia. La risa sutil se vuelve, pues, denuncia, y ésta, a su vez, lamentación: en ello reside la riqueza del Romancero ciudadano; se trata de una elegía encubierta, de un liviano réquiem colectivo por esto que se supone que somos y que acaso nunca hemos llegado a ser.

Me gusta la honestidad del “Romance del camión celoso”: ¿quién no ha visto la muerte pasar frente a sus ojos cuando un autobús infernal casi lo atropella? Vivimos en una ciudad, por cierto, donde la muerte por atropellamiento es tan alta como el Popocatépetl. De nuevo, Lorca acompaña a Antonio: las metáforas taurinas recuerdan las del estremecedor Llanto por la muerte de Ignacio. No deja de divertirme, por otra parte, la diatriba candorosa en contra del “pinche güey que pretende / chingarme de esta manera”, refiriéndose, por supuesto, al poco educado conductor del transporte público. La calle se erige, así, como la amada caballeresca en disputa entre el ciclópeo camionero y el minúsculo ciclista.

El “Romance del celulante” debería ser una lectura obligatoria para los frenéticos usuarios de las “benditas” redes sociales, si es que el tiempo que les roban sus pantallas les permite leer hojas de papel; el poema, además de describir a la perfección la pandemia virtual de nuestro mundo, se convierte en una oscura advertencia: quien se distrae con el celular puede acabar aplastado por el camionero del romance anterior. Con esto, el poeta nos regresa a la realidad más terrible: a día de hoy, en la Ciudad de México ya hay más muertes en accidentes de tráfico por la distracción con los celulares que por ebriedad. De nuevo, la muerte se asoma, caja de Pandora abierta a través de una pequeña pantalla. Me pregunto: ¿hay una versión posmoderna más fidedigna de la caja de Pandora que los celulares? Aconsejo leer este poema haciéndolo dialogar con el “Romance del camión celoso” y el “Romance de los pasaltos”. En estas tres composiciones hay un mismo hilo argumental: la muerte en las ciudades va aparejada a la tecnología, sea en su forma de teléfono inteligente o de bólido asesino. Como algún día hiciera Virgilio en sus Bucólicas, Antonio parece invocar mesura frente a los cantos de sirena civilizatorios: no nos vendría mal volver al campo, escapar de la muerte motorizada.

No obstante, tal y como relata el romance de “Precioso era el aire”, con su evidente guiño lorquiano, volver al campo es una quimera: el majestuoso Valle de Anáhuac, antaño prístino, se consume ahora en una “neblina de muladares”, pues, en palabras del poeta, “¡todo de caca es el valle!” De esta manera, junto con la muerte motorizada, la otra plaga que azota nuestra querida y odiada urbe es el cataclismo ecológico. Con esto, Antonio se suma, desde la poesía, a ese militante cúmulo de voces que luchan por cambiar el sino del planeta, si es que aún es posible. No debe pasarse inadvertido, además, que una de las tendencias dominantes de la última lírica es la llamada “ecopoesía”; de esta manera, Romancero ciudadano se inserta, de forma muy personal, en una de las escuelas de la nueva vanguardia: octosílabos comprometidos para denunciar el fin del mundo.

Finalmente, llegamos al “Romance de Masiosare”, subtitulado como “Epopeya fundacional mexicana”, con innegable malicia. En el que acaso es el poema neurálgico del libro, Antonio se vale de una parodia de la versión maniquea y patriotera de la historia mexicana para criticar uno de los males más enraizados de nuestro pueblo: la incapacidad de superar sus traumas históricos. El inasible Masiosare, antihéroe rocambolesco de una anti-epopeya basada en la interpretación más divertida del Himno Nacional, funge como la máscara colectiva de un país reacio a responsabilizarse de su presente. Así, el misterioso “extraño enemigo” encarna en todos los villanos de la historia oficialista: en Hernán Cortés y sus “tantos blancos jinetes”; en el malogrado Santa Anna, que “vendió un territorio / a los que llamamos gringos”, episodio que todo mexicano que se precie debe sentir como una afrenta personal; en la Iglesia católica desterrada por Juárez, calificado con sincera picardía como “san Benito”; tampoco se escapa de la quema Porfirio Díaz, otro “extraño enemigo” que el adiestramiento escolar coloca del lado de los malos; el poema llega hasta el siglo XX haciendo desfilar al priismo, y, como no podía ser de otra manera, a los culpables de todo lo peor, los gringos. Hacia el final, espigan dos pasajes importantes: primero, se confiesa que “hay quien dice que no existe” Masiosare, afirmación perturbadora una vez hemos acontecido al desfile de los villanos con nombre y apellidos. Después, el romance acaba: “nuestro extraño enemigo / respira y come en nosotros, / en todos sacia sus vicios, / que nadie sabe su origen, / que nadie sabe el destino / de este fraterno parásito / al que le damos respiro.” El sentencioso remache confirma la verdad incómoda: Masiosare podrá ser un extraño enemigo, pero es “nuestro”; para más inri, existe gracias a nosotros, el pueblo mexicano le da sustento y razón de ser, al grado de volverlo un “fraterno parásito”, frase que condensa la crítica histórica: Masiosare, a fin de cuentas, es México, el discurso nacionalista sólo puede afianzarse con un relato plagado de enemigos nebulosos, de oponentes espectrales. En un tiempo de malintencionado revisionismo histórico, en una época donde se retiran estatuas de Cristóbal Colón o se envían misivas al otro lado del mar para revivir conflictos de hace quinientos años, se agradece la postura honesta de Antonio: Masiosare somos todos.

Otros aspectos llamativos podrían reseñarse, aunque esa será empresa del desocupado lector, quien quizá encontrará en Romancero ciudadano eso que se le pide a toda literatura realista, arraigada al devenir cotidiano de un contexto comunitario: ser un espejo sobre el cual se refleja nuestro rostro colectivo, el del celulante, el del peatón o ciclista amenazado, el del Masiosare al que echamos la culpa de nuestras desgracias.

En el último de los poemas, “Los durmientes del Valle”, el único que no comparte la forma octosilábica, Antonio se lamenta sobre la ciudad: “Fue acaso el paraíso”. Sí, aunque nosotros, jóvenes, nunca hayamos conocido “la región más transparente del aire”, hemos leído su mitología, escuchado sus soberbias historias, y el contraste con el panorama actual es devastador: “géiser de mierda”, “caldo de sangre”, “calles hipertensas”, “genocidio de árboles”, “flores regadas por el odio”, “parques custodiados por el miedo”. Acaso sea momento de desmitificar del todo, de la mano de voces como la de Antonio o la del Efraín Huerta de Los hombres del alba, los relatos fundacionales de una ciudad que no da más de sí. Acaso sólo destruyendo su ficción podamos imaginar su realidad.

 

 

Escrito por: Pedro Martín Aguilar