Finito

Creo que los atardeceres son, por excelencia, la definición  de oda al color. Es increíble cómo en tan sólo unos minutos el cielo puede pasar de azul a morado, rosado, amarillo y finalmente negro. Nunca me canso de observarlos porque es en ellos donde la tranquilidad por fin me embarga y me permito relajar.

La paz que otorga observar el cielo (y más si es durante el amanecer o atardecer) es una descripción indescriptible, pero de la misma forma se trata de un recordatorio de lo efímero de la vida. Nada se detiene. La vida siempre es un movimiento continuo.

 

Fotografía por: Clara Grigori Ortega