La apariencia, el poder y el dominio de la reina virgen

“Una hora no es simplemente una hora, es un vaso lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos, de climas.”

Marcel Proust, 1927.

 

En algunas pinturas del siglo XVI se puede observar a una mujer de tez clara, con un rostro a veces cubierto por una capa de pintura blanca que le da una apariencia de marfil o de porcelana. Ella posee una cabellera rizada y rojiza, viste unos paños tan ornamentados que combinan con los objetos que decoran la habitación en la que posa para el artista. Estos son sólo algunos elementos que denotan el sentido y la pertinencia que tiene Isabel I de Inglaterra, misma que sostiene con su mano izquierda, la del corazón, una esfera-mundo, coronado por una cruz cristiana.  Isabel I, que en esas representaciones se muestra como absoluta soberana, transitó por un camino complicado que se trazó desde antes de su nacimiento, lo que probablemente le hizo tomar algunas decisiones que hoy son aspectos distintivos de su personalidad y de su reinado.

Apelamos a las pinturas o grabados que de ella se hicieron porque tienen no solamente un carácter estético y artístico, sino documental, por lo que son también textos, en el sentido barthesiano, que revelan el mundo de Isabel. Así, resulta de interés atender los objetos y prendas que se registran tan minuciosamente en esos lienzos, como si se trataran de extensiones de la reina misma. Esto nos hace pensar que dichos retratos expresan una doble relación: el mundo íntimo de la mujer en cuestión y la vida pública de una monarca. 

Como dice Proust, si una hora no es solamente una hora, tampoco lo son cuarenta y cinco años a cargo de Inglaterra e Irlanda, un territorio clave en las rutas comerciales, una geografía defendida por la marina más importante e imponente de Europa durante el siglo XVI y XVII. Además, hoy por hoy sería imposible invisibilizar el papel de una mujer al frente de una monarquía, algunas veces criticada y otras, aplaudida, en un contexto en el que se vio obligada a defender su trono de propios y extraños. Estos son sólo algunos elementos que se irán mostrando a partir de la apariencia de la reina virgen, pues en su aspecto se descifra un discurso que habla de su dominio y del lugar que tuvo en el imaginario e identidad de una sociedad que terminó por aceptarla, quererla y admirarla.

De hija ilegítima a reina

Para comprender el camino que debió recorrer Isabel I hacia la corona, es necesario volver a la historia del casamiento de sus padres, pues su madre Ana Bolena se casa con Enrique VIII a escondidas de la iglesia romana, evento que desencadenaría la ruptura de Inglaterra con el papado de Roma y al mismo tiempo, definiría una monarquía con una religiosidad más laxa. El enlace entre Bolena y Enrique se realiza a los ojos de Catalina de Aragón, esposa en función de Enrique, e hija menor de los reyes católicos de España.  La razón por la que Enrique buscaba la disolución del matrimonio con Catalina respondía a la búsqueda de un heredero varón que Catalina no había podido darle, pues su único vástago fue una niña de nombre María Tudor.  Pero tampoco Ana Bolena lograría darle gusto al rey, pues fue Isabel quien llegó al mundo rompiendo nuevamente las expectativas del monarca.  Sin embargo, el destino de Ana Bolena sería más desastroso que el de Catalina, pues bajo el pretexto de adulterio se le condenó a muerte y fue decapitada cuando Isabel contaba con apenas 3 años, hecho que la obligó a alejarse de su padre y ser considerada como hija ilegítima, por lo que fue enviada al castillo Hampton Court, donde aprovechó el tiempo y recibió formación en distintas áreas: geografía, alemán, filosofía, historia, etc.  Mientras tanto, su padre seguiría buscando al heredero de su reino, lo que lograría con su siguiente esposa Juana Seymour, madre de Eduardo VI de Inglaterra. Todo lo anterior anticipaba la imposibilidad de que algún día el reino quedara en manos de Isabel, porque antes que ella se encontraban sus hermanos Eduardo y María.

Al morir Enrique VIII el reino le fue heredado a su único hijo varón Eduardo VI de Inglaterra, pero su vida y reinado serían cortos pues moriría a los 15 años de edad habiendo permanecido en el trono tan sólo 7 años. Por lo que la corona pasaría a manos de María Tudor, la primera hija de Enrique VIII; pero su reinado duraría sólo 5 años porque la muerte nuevamente sorprendería a la dinastía Tudor. Así es como estos acontecimientos iban despejando el camino para que Isabel I se coronara como soberana de Inglaterra e Irlanda; y teniendo todo en contra, seis horas después de la muerte de María I, Isabel estaba siendo proclamada reina. Algunos dirán que era destino, otros, casualidad, lo cierto es que la llegada de Isabel al trono fue inesperada, incluso para ella, pues aunque la primera reina de Inglaterra fue su hermana María, su presencia en el poder había durado muy poco y aún se desdeñaba la idea de que una mujer pudiera desempeñar un buen papel como reina.

En todo este proceso se puede observar, a través de las pinturas en las que Isabel I fue representada, una transformación en su vestimenta no sólo por el tránsito de la niñez a la adultez, sino por las responsabilidades y la presencia pública que iba adquiriendo con el paso de los años. En este sentido, las prendas adquieren una carga simbólica muy importante, pues no solamente dan cuenta de la clase social a la que se pertenecía, sino que también apelaba a una suerte de competencia entre monarquías de distintos reinos. Tratándose de Inglaterra, la vestimenta será un elemento distintivo respecto de España, principalmente, ya que como se había señalado antes, la vestimenta española responderá al decoro religioso católico.  En las pinturas que se muestran a continuación, se observa a Isabel Tudor en 1942 como hija ilegítima aún. Y en la segunda imagen la vemos el día de su coronación. El cambio es radical, su apariencia, su postura, la fuerza de su proyección es otra. Son imágenes que muestran cómo Isabel deja de ser periférica, cómo deja la ilegitimidad para volverse soberana absoluta. Su seguridad, en la segunda imagen, ahora es acentuada con cada uno de los elementos que la envuelven, las prendas la ponen en la máxima jerarquía.

Imagen 1

Imagen 2

Isabel entre Marías…

La relación de Isabel con su hermana mayor María resultaba tensa por estar de por medio la competencia por una corona, pero también porque María había sido educada a la luz del catolicismo que profesaba su madre Carlota de Aragón, mientras que Isabel se había formado ya en el protestantismo, mismo que profesaban tanto su padre como su madre. Esa escisión religiosa no dejaba de ser vista como un pecado ante los ojos de los monarcas cristianos de España, ascendencia directa de María I de Inglaterra. A ello debe sumarse el hecho de que María procedía en línea directa de una monarquía, mientras que Isabel era la hija de una de las amantes de su padre, que aunque se casó con ella, no poseía títulos ni familia vinculada con la monarquía; lo que colocaba a Isabel en desventaja.

Sólo para observar la forma en que se representaba a cada una de las hermanas Tudor después de su coronación, se exponen las siguientes imágenes que revelan el recato en la vestimenta de una y la saturación de elementos en la otra.  El caso del atuendo de María I, resulta sobrio, y aunque el vestido está bordado con hilos de plata, de los que da muy bien cuenta el pintor, el sobre vestido negro le otorga una seriedad que se comunica con el gesto apretado y casi fruncido de un rostro que luce natural y sin gota de maquillaje. También será cuidadosa de la joyería que utiliza, pues se localiza principalmente en sus manos en forma de anillos que se revelan al posar su mano izquierda sobre una base que se hace combinar con el plateado de su vestido. También su mano derecha muestra un par de anillos cuando sostiene con delicadeza un documento.

Imagen 3

Dos años después se observa el retrato de Isabel I en el que luce un vestido estruendosamente rojo bordado con hilos de oro. A través del corsé que usa en la parte superior es posible notar su cintura y el volumen que le da a la cadera el verdugado acampanado que usa. Envolviendo su cintura yace un cinturón de piedras preciosas que al mismo tiempo que decora su tasel, adorna la franja central y frontal de su vestido. Con una mano sostiene unos guantes y con la otra una flor que parece extraída del jardín que se asoma por el costado derecho de la pintura. Esas flores también se posan sobre el vestido de Isabel, adornando su hombro izquierdo y su cabello. La expresión en su rostro, aunque serio, no denota sobriedad sino concentración, de hecho no mira al frente, como si lo hiciera María I. Finalmente, el rojo de su vestido combina con el rojo del colorete de sus labios. Todo en Isabel son signos de femineidad y juventud.

Imagen 4

Si bien María I e Isabel compitieron por la atención del padre y posteriormente por la corona, con la muerte de su hermana, quien además no había engendrado herederos, le dejaba el camino casi libre a Isabel para la gestión de su reinado. Sin embargo, hacia 1580 apareció María Estuardo, hija de Jacobo V que a su vez era hijo de Margarita Tudor y por lo tanto sobrino de Enrique VIII. María Estuardo representaría una amenaza dado que había dado a luz a un niño varón, descendiente directo de los Tudor y que podía poner en jaque el reinado de Isabel. Pues aunque ella ya llevaba más de 20 años en el trono, María Estuardo podía reclamar la silla monárquica para su hijo; lo que le convenía mucho a España, quien pensaba extender su dominio hasta Inglaterra a través de una alianza con María Estuardo. Y por otro lado, un gobernante católico le convendría mucho al papado romano. Cabe señalar que hacia 1570 el papa Pío V excomulgó a Isabel I de Inglaterra, acusándola de herejía, pues se había nombrado representante de la iglesia anglicana. Algo similar a lo que había sucedido a su padre, que también fue excomulgado por el papa Pablo III.

Imagen 5

En esta pintura se puede observar a María I de Escocia y a Henry Darnley hacia 1565. El atuendo de ella es más parecido al de María I de Inglaterra, pues es sobrio y no posee excesos. De hecho, ella no lleva sobre su cuerpo joyería alguna, sólo las piedras preciosas incrustadas en el abanico de plumas que sostiene en su mano derecha, mientras que con la mano izquierda sostiene un pañuelo.  Su esposo, Enrique Estuardo se convierte en consorte al casarse con María I de Escocia. Es asesinado 2 años después de que posara para la pintura que es analizada en este espacio.  María I de Escocia es acusada de traición y será condenada a muerte en 1587 por el reinado de Isabel I. La manera en que es representada María Estuardo es una forma de exhibir jerarquía inferior frente a Isabel I y respeto de María Tudor, lo que se observa al comparar las pinturas, era el papel único y total que tenía Isabel y que no alcanzaron la hermana y la prima. La representación pictórica es una suerte de justa histórica en la que Isabel sale victoriosa.

La importancia de la apariencia, el mote de virgen.

La decisión de no casarse y de no tener hijos le otorgan a Isabel I un papel específico, pues al mismo tiempo que protege su reinado de posibles esposos e hijos que quieran destituirla, también se le considera como un acto de abnegación y de absoluto compromiso con el pueblo inglés. Y serán algunos aspectos de su apariencia que se destacan tanto en las pinturas como en sus presentaciones públicas, lo que coadyuvará a generar la idea de una reina inmaculada. Por esa razón mostramos la pintura “La Madonna del libro” de Botticelli, pues tanto la aureola de la virgen y del niño serán emuladas por las gorgueras, los cuellos medici y los tocados de Isabel I. Así se observa en las imágenes 7-9 el dorado, la transparencia de las aureolas, las flores, la piel delicada y lisa que Isabel lograría con la cerusa de Venecia que aplicaba de forma abundante en el rostro, cuello y escote, formando una capa de pintura que ocultaría su rostro añoso, así aunque los años pasaban ella procuraba una imagen jovial y fresca; con todo ello procuraba la imagen de una reina bella y al mismo tiempo inmortal.

Imágenes 7-9

El cuidado de su apariencia fue parte de su discurso político. Su ostentosidad al vestir por la abundancia de telas y de joyas que adornaban todo su atuendo, incluido el cabello, eran signos de riqueza y estabilidad para el pueblo que gobernaba pero también para otras monarquías.  Impuso un estilo con sus labios y cabello rojizos, con el volumen de sus mangas y lo acampanado de sus vestidos, mismos que fueron adquiriendo mayor volumen mientras más reconocida, respetada y admirada se volvía Isabel I.  Con su reinado abrió la puerta para las siguientes mujeres que liderarían monarquías en Inglaterra. A Isabel Tudor se le podría considerar como la inauguradora del concepto de imagen pública, pues usó su imagen como extensión del trono, a través de sus retratos se hacía sentir al mismo tiempo cercana de su pueblo y absolutamente poderosa, mecanismo que reforzaba con sus apariciones públicas en las que mostraba orgullosa la continuidad entre la representación y una realidad que sostenía en los discursos pertinentes que dedicaba tanto a los habitantes de Inglaterra, como a su ejército. Soberana, cercana, central, estable, comprometida, son algunos adjetivos que la historia y su reluciente apariencia renacentista le han concedido, tanto que existe un tiempo que se conoce como isabelino.

 

Imagen 1. Isabel Tudor, 1546. Artista desconocido

Imagen 2. Coronación de Elizabeth I. 1558. Robes.

 Imagen 3. María I. de Inglaterra, 1555. Hans Eworth

 Imagen 4. Isabel I, 1560. Van der Meulen

 Imagen 5. María Estuardo y Henry Darnley, 1565. Artista desconocido

 Imagen 6. La Madonna del libro, 14. Botticelli

 Imagen 7. Isabel I, 1575. Hilliard

 Imagen 8. Elizabeth I, 1575. Autor desconocido

 Imagen 9. Isabel I. William Rogers, 1592. Dibujo de Oliver

 

Escrito por: Yois K. Paniagua Guzmán, Renato Camarillo Duque

Ilustración por: María Guadalupe Ríos Enríquez

 

Bibliografía:

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Doran, S. (1996). Monarchy and Matrimony: The Courtships of Elizabeth I, London. Routledge.

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Jenkins, E. (2002) [1961]. Elizabeth and Leicester. The Phoenix Press.

Skidmore, C. (2010). Death and the Virgin: Elizabeth, Dudley and the Mysterious Fate of Amy Robsart, London. Weidenfeld & Nicolson.

Starkey, David. (2003). “Elizabeth: Woman, Monarch, Mission”, in Doran, Susan (ed.), Elizabeth: The Exhibition at the National Maritime Museum, London. Chatto and Windus.