The Fairy Queen: Mística y magia en Isabel I de Inglaterra

“Apuntó su mira en una cierta dirección

Hacia una bella vestal, entronada por el Occidente,

Y de su arco disparó la flecha del amor,

Con una fuerza que habría traspasado mil corazones.

Pero pude ver la ardiente flecha del joven Cupido

Que se apagaba en los castos rayos de la húmeda Luna,

Mientras pasaba la defensora imperial,

En su virginal meditación, sin preocupaciones amorosas.

William Shakespeare, Sueño de una noche de verano, II, i.

 

Mucho se ha hablado sobre Isabel I de Inglaterra (1533-1603). Creció en una corte en la que, como ocurre con Alicia en el País de las Maravillas, las cabezas rodaban al mandato del monarca. Aquellos fueron tiempos ricos en prodigios y el menor de ellos no fue que Isabel muriera en la cama. El pueblo que la coronó se agitaba al borde de la crisis y del abismo organizado por los adversarios que lo rodeaban. El Pontífice de Roma la condenó a una muerte física y a arder eternamente en los infiernos. Nunca tantos católicos (en Francia, España, Escocia, Irlanda, Inglaterra y los Países Bajos) maldijeron tan unánime y apasionadamente a una sola mujer. A su muerte, la isla británica estaba en camino de ser la potencia que controlaría el continente europeo. Fue la hija de un rey que decapitaba reinas, la sucesora de una dinastía sangrienta. Fue la monarca que atravesó una época turbulenta con el resplandor de una virgen coronada.

Isabel sería la codiciada mujer a la que todos deberían amar y ninguno poseer. En un país gobernado desde la eternidad de la noche por la sombra de Boadicea[1], los espectros de las sacerdotisas druidas y el sortilegio de la época de Arturo y el mítico Merlín, Isabel se transformó en una hechicera a ratos sutil y extravagante, pero de una eficacia, inteligencia y mística secular.

 

La época isabelina logró crear una época de poetas (Edmund Spenser, John Donne); músicos (William Byrd, John Dowland, Henry Purcell, quien dedicó a Isabel su semiópera The Fairy Queen), escritores y dramaturgos (William Shakespeare, George Chapman, Christopher Marlowe), navegantes (Francis Drake, Walter Raleigh) y científicos, filósofos, astrónomos y astrólogos (John Dee, Francis Bacon). Asimismo, obtuvo la autarquía económica de Inglaterra, el mejoramiento de su comercio naval y el fortalecimiento de una marina de guerra que aniquiló a la Armada española y protegió la independencia de la protestante Holanda frente a los reinos de Francia y de España.

Durante su reinado, pudieron asentarse los cimientos para una industria nacional de vidrio, cerámica y seda. Se fundó la Bolsa de Londres, que en breve tiempo se transformaría en la más notable del mundo. El Papa Pío V la excomulgó. Gregorio XIII aseguró que no sería pecado asesinarla. Cuando el arzobispo de Canterbury definió como frágiles sus medidas anticatólicas, Isabel lo destituyó. Cuando Francis Walsingham (su más leal consejero) presentó las pruebas suficientes de que María Estuardo, la reina católica de Escocia, confabulara contra ella, la monarca permitió que el Parlamento dictara su pena de muerte. Tampoco dudó a la hora de firmar la ejecución del conde de Essex, Robert Devereux, su amante más cercano y, a la vez, su más seguro traidor.

En términos de la historia del pensamiento filosófico y literario, Isabel Tudor, The Fairy Queen, es un personaje básicamente místico y cubierto de magia. Shakespeare, Chapman, Spenser y Dee, han sido quienes, principalmente, labraron este camino.

John Dee (1527-1608) fue un matemático, astrónomo y astrólogo quien creía ser descendiente de un antiguo príncipe británico; llegó hasta pretender estar emparentado con los Tudor y con la Reina misma. Con mucha pasión se consideraba a sí mismo un elemento vinculado con el elemento arturiano, mítico y místico de la idea isabelina del “Imperio Británico”. De hecho, la historia lo ha señalado como uno de los agentes secretos de la reina (reclutado por Walsingham), y quien firmaba sus mensajes con dos círculos que representaban unos quevedos e indicando que él era los ojos secretos de la Reina. Los dos círculos estaban bajo lo que parece ser un signo en escuadra (quizá relacionado con la expresión masónica be in the square), o bien un número siete alargado, de donde se desprende la cifra “007” que para Dee era considerado un número cabalístico.

Dee no fue solamente devoto de la astrología, la matemática y el ocultismo, sino que también deseaba ponerlos en práctica para bien de los británicos y para la expansión territorial de la Inglaterra isabelina. Ejercía su erudición a favor de un plan político-religioso-astrológico unido con el destino imperial de Isabel. La glorificación de la dinastía Tudor como una institución religiosa-imperial estaba basada en que la reforma de Enrique VIII había desconocido al Papa para erigir al monarca como jefe supremo tanto de la Iglesia como del Estado británicos. Este suceso político se rodeó de una mística sobre “la antigua monarquía británica”, heredera del rey Arturo, personificada por los Tudor en calidad de antigua estirpe británica supuestamente descendiente del mismo rey, que retornó al poder protegiendo a una Iglesia británica purificada, amparada contra las potencias maliciosas, por una caballería religiosa que combatía los intentos hispanos de dominio universal.

Las disertaciones de Dee acerca del destino imperial de la reina Isabel I son exhibidas en su obra General and Rare Memorials Pertayning to the Perfect Art of Navigation (1577). Según el filósofo, el fortalecimiento de la marina y la expansión marítima inglesa se corresponden con los diversos planes acerca de los territorios que Isabel habría podido reclamar con a partir de la mítica descendencia del rey Arturo. El pensamiento de Dee también pretende justificar el mito de que presumiblemente los monarcas británicos eran descendientes de Bruto de Troya, por lo que tenían una directa con el mito de la Roma imperial[2]. El rey Arturo, a su vez descendiente de Bruto, según esta versión de la historia británica, era el principal exponente religioso y místico del sagrado cristianismo imperial británico[3].

 

Otro pasaje señalado para iluminar el “papel mágico” de John Dee sobre Isabel fueron sus labores de adivinación a través de “ángeles y astros”. En su comunicación del 5 de mayo de 1583, Dee le preguntó al ángel Uriel por el significado de una visión que tuvo con “el mar y muchas naves en él, y un hombre negro que cortaba la cabeza de una mujer”. Éste le contestó que correspondían a dos sucesos próximos: “las disposiciones de potencias extranjeras contra el bienestar de esta tierra” y “la muerte de una reina”. Faltaban cuatro años para la ejecución de María Estuardo y la derrota de la Armada Invencible.[4]

Por otro lado, The Faerie Queen, poema épico escrito por Edmund Spenser, es una obra que adapta el pensamiento y los conceptos del teólogo veneciano Francesco Giorgi (1466-1540) a su panegírico a la reina Isabel I y de su reforma imperial. Spenser le confesó a Sir Walter Raleigh, famoso navegante (o bien, pirata acudiendo a la versión española), que el poema fue proyectado en primer lugar para honrar a la Reina. En las dedicatorias de cada libro se presenta a Isabel Tudor como el ejemplo supremo de la virtud y la astrología. Los elementos planetarios del poema están arreglados para expresar el retrato ideal de un jefe religioso y moral, es decir Isabel, y de su reforma imperial. Dicho retrato tiene diversos matices planetarios y angélicos. En resumen, está iluminado por el Sol de la religión y la caridad cristiana; con rojos destellos de firmeza y de la valentía del planeta Marte; la blanca castidad de la Luna expresa la pureza de la reforma de la Reina Virgen; en Mercurio, reconcilia la religiosidad con la alquimia espiritual; la justicia de Saturno representa el sabio gobierno de Astrea, diosa virgen que llevaba los rayos de Zeus en sus brazos, y con Venus el carácter de un culto cortesano, o bien, de una corte gobernada por la figura mesiánica de una mujer reinante. En términos generales, The Faerie Queen es un poema “mágico renacentista”, envuelto en la mística cabalístico-cristiana y neoplatónica, donde ejerce sus artes el mago bueno y hombre de ciencia Merlin (nombre a veces atribuido a John Dee), profundamente opuesto a los malos brujos y nigromantes y a la mala religión. La magia blanca de la reforma imperial pura se opone, pues, a la perversa nigromancia de sus enemigos.

Otros poemas que implican el misterio de la figura isabelina son Hymnus in Noctem e Hymnus in Cynthiam de George Chapman (1559-1634). En este Himno a Cintia (la Luna) se puede observar cómo el poeta asimila sus imágenes al culto isabelino. Cintia, la Luna, es “nuestra emperatriz”, o sea Isabel, que aparece en toda la pureza ante su reforma imperial. Al término del Hymnus in Noctem está emergiendo la Luna, surgiendo como novia gloriosa y asociada a ella “como una maga” se halla “la asombrosa presencia de nuestra Emperatriz”. Chapman afirma, en una nota, que su intención es aludir a la “autoridad mágica” de Isabel. En el Hymnus in Cinthiam la Luna mágica ha salido completamente, alcanzando la “pureza que purga todos los males”.

La visión lunar del Hymnus in Cinthiam nos demuestra un elemento político elemental para la época: la aspiración a la “Edad de Oro”. Este nivel profético se armoniza con el culto de la Reina Isabel en su advocación de Virgen de la Reforma Imperial: se exhorta a venerar a la Luna en su aspecto moral como ejemplo de Castidad, y en su aspecto político contrapuesta al Sol, al que se asigna la representación de las potencias políticas y religiosas europeas que son antagonistas de Isabel-Cintia, aconsejándole lo siguiente: Coloca tu trono imperial de cristal. En directa oposición al Sol de Europa. Y dale la oscuridad que amenaza la Luz. Aquí se comprende que el enemigo de Isabel-Cintia es el malvado Sol del papado y de la agresión española. Los poemas de Chapman, pues, tienden a crear una imagen en la que Isabel es figura central de la visión política del Imperio Reformado, contemplada en la Noche e inspirada con su blanquísima magia.

En la obra de William Shakespeare (1564-1616), Isabel es, otra vez, “la reina de las hadas”. Las hadas del poeta inglés tienen relación con la Reina Virgen por su lealtad y su fervorosa defensa de la castidad. Por ejemplo, En las escenas con hadas de Las alegres comadres de Windsor se habla de la Reina, de la Orden de la Jarretera, localizada en Windsor. Las hadas tienen la función de defender la moral de la castidad, de una Reina casta y de su purísima caballería. Se les exhorta a practicar la magia blanca para protegerla a ella y a su orden caballeresca del efecto de las malas influencias. Castigan a Falstaff por su lascivia, escriben el lema de la Orden de la Jarretera con flores: “Honi soit qui mal y pense” (Vergüenza de aquel que de esto piense mal), y decoran la capilla donde tiene su sede. No hay que considerar que estas hadas isabelinas sean manifestaciones de una tradición folklórica o popular; son más bien de origen literario y religioso, y proceden de leyendas arturianas y de la magia blanca de la Cábala cristiana. El empleo de las imágenes fantásticas de hadas en el culto de la Reina data de los juegos en el marco de la coronación, y se relacionaba con las fantasías caballerescas de esos juegos.

Las hadas shakesperianas derivan de una atmósfera de magia blanca, arturiana y cabalística, ya que exaltan una caballería andante al servicio de la Reina y de sus proyectos de reforma imperial. Quien lea las escenas de Shakespeare sin referencia al esfuerzo desplegado en esa época para hacer de la Reina Virgen la representante de una religión pura, no captará su verdadero propósito, que era apoyar un pensamiento pro-isabelino. Aunque disfrazado de fantasía, éste era un trabajo literario con propósitos muy serios.

En Sueño de una noche de verano, Shakespeare desarrolla una comedia mágica sobre unos amantes encantados, que se desarrolla en un mundo nocturno e iluminado por la luna, donde hay hadas al servicio de su rey y de su reina. En esta trama, está tejido un sugestivo retrato de la reina Isabel I, cuando el rey de las hadas, Oberón, cuenta que vio a Cupido que con gran alarma volaba de la fría Luna a la Tierra. La imagen shakesperiana de Isabel como vestal virgen, casta luna que rechaza los asaltos de Cupido y “defensora imperial”, es un brillante resumen del culto de la Reina como representante de la reforma imperial. Hay otro retrato muy conocido que presenta en forma visual la imagen fabulosa de Isabel. La Reina aparece con un objeto destinado a tamizar, emblema de la castidad de las vírgenes vestales, tras ella se yergue la columna del imperio, y junto a su persona hay un globo en el que se ven las Islas Británicas rodeadas de barcos, alusión a que está sentada en un trono “en Occidente”. Es éste el retrato de la virgen de la reforma imperial, del cual Shakespeare hace una versión verbal en los versos citados al principio de este artículo. Además, este triunfo se refiere a la pureza tanto en la vida pública como en la privada, es decir a Isabel en su función pública de representante de la reforma imperial pura y en su vida personal de mujer casta.

Al subir al trono de Inglaterra el Rey de Escocia en 1603, el problema de la brujería, hechicería y supersticiones se agudizó, ya que este monarca creía en estos asuntos y estaba convencido de que cierta gente conspiraba para hacerle personalmente daño por medio de hechizos. No creía en el pensamiento isabelino, la Cábala cristiana, formulado por Cornelio Agrippa, pues en su libro sobre demonología había contado a este autor entre los hechiceros, diablos y brujas más malvados. Incluso remetió contra John Dee que en vano recurrió a él para ser exonerado de la acusación de practicar magia negra. Es seguro que el monarca Estuardo también rechazaba el mundo spenseriano de las hadas y de la Cábala blanca, pues en efecto condenó a las hadas, tachándolas de espíritus malignos. En definitiva, todo lo que olía a Isabel Tudor lo despreciaba por la obvia razón de que esta fue la ejecutora de su madre, María Estuardo.

Una hechicera no puede casarse. Una virgen tampoco. E Isabel Tudor supo dar la impresión de que era ambas cosas. Murió el 24 de marzo de 1603, a los 69 años. The Fairy Queen desapareció dejando un hueco femenino de inmaculada nostalgia que los ingleses se empeñan en llenar periódicamente. ¿Qué otra monarquía acude en su definición tanto a la magia?

 

 

Escrito por: Fernando Montoya Vargas

Doctor en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Deusto, Bilbao, España, y maestro en Filosofía Política por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus escritos han sido publicados en el Instituto de Investigaciones Sociales y en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM; Instituto Matías Romero; en el ITAM; en la Universidad Iberoamericana, en Foreign Affairs, entre otros. Igualmente en revistas de divulgación como Librerías Gandhi y en Opera Mundi.

Actualmente es Director del Colegio de Filosofía y Letras de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Fotografía cortesía del autor (tomada en National Gallery Portrait, Londres, 2010): The Rainbow Portait, Isaac Oliver, 1600

 

[1] Reina de los icenos, que dirigió diversas tribus britanas, durante el levantamiento contra la ocupación romana (60 y 61 d. C.), y en el marco del reinado del emperador Nerón. Los hechos han sido narrados  por dos historiadores, Tácito (Anales La vida de Julio Agrícola) y Dion Casio (Historia romana).

[2] Según el cronista Geoffrey de Monmouth, el legendario Bruto, nieto de Eneas y desterrado de Italia, llegó a Gran Bretaña, fundando Nueva Troya. Aludiendo a fuentes romanas como el historiador Tito Livio o el poeta Virgilio, la historia se inicia con Eneas, héroe troyano de la mitología griega y romana, hijo de Venus (Afrodita), y antepasado de Rómulo y Remo, fundadores de Roma.

[3] El Historia Brittonum (Historia de los Bretones) es un documento del siglo IX atribuido al monje galés Nennius y que se cree fue escrito entre los años 828 y 830. En los textos se relata la historia del origen de Gran Bretaña, desde su fundación por un asentamiento de troyanos expatriados hace 2,000 años, hasta varios siglos después, llegando hasta los siglos V y VI, donde aparecen los últimos reyes legendarios de Britania, entre ellos el rey Arturo (Arthur Pendragon).

[4] John Dee y Edawrd Kelly, The Calls of Enoch: The First Key of Enochian Magic, Forgotten Books.